sábado, 11 de agosto de 2012

Tan cerca y a la vez tan lejos.

Cada vez que la veía, estaba a lo lejos. Inalcanzable.
Siempre que la miraba, lo hacía desde abajo. Intocable.
Cuando le hablaba, lo hacía con respeto. Imposible.

Ella era una princesa, no, mejor, una reina.
Su cabello del color de los rayos del sol, 
su mirada penetrante, absorbente, pero con ese punto dulce de unos ojos achinados,
su sonrisa enloquecedora, encantadora, completamente abrumadora.
Toda ella era bonita, cada parte, cada rincón de su cuerpo, desde la coronilla hasta los dedos gordOS de los pies.
Como una princesa, como una reina, como una diosa. Adorable.

Cuando hablaba, sus labios se movían con dulzura, el susurro de su voz amansaba cualquier bestia o vampiro, y su risa... su risa era el sonido más bonito jamás escuchado. 

La atracción se convirtió en pasión, la pasión en ilusión, la ilusión en intención, la intención... en desesperación. Ninguna parecida le llegaba siquiera a la suela de los zapatos, el listón se quedó a su altura, en su altar, donde cada noche la adoraba soñando con encontrarla.

El miedo de la obsesión se apoderaba de él, que cada día le callaba, daba un paso atrás y bajaba la mirada, clavando la rodilla en el suelo.




"Vuelve, no digas cuándo ni dónde, acércate despacio y despiértame de este sueño, háblame, dime que eres real. Que además de adorarte te puedo tocar." G.